Se obsesionó en los detalles para no llorar. Se abstrajo
de la situación de modo en que se convirtiera en eso que observaba casi con
obsesión. Y ahí; miró. ¿Qué pensaría entonces la única lámpara hawaiana que
había en ese bar sobre su ruptura? Tal vez pondría toda su intensidad en
iluminarla, para tirarle un poco de “Hey, hay esperanza. Sos linda, joven,
inteligente, ya vas a atrapar a alguno que se quiera quedar”. La lamparita falló.
- - La puta madre.
-
Estamos dando muchas vueltas, y la verdad es
que las cosas no están bien…
Respiró con profundidad. Sabía que tenía razón, que las
cosas no habían sido fáciles los últimos meses. Cuando empezaron a salir, ella
hizo una investigación sobre la cantidad de meses que sobrevive una relación en
la adolescencia. Estaba feliz porque habían cumplido los tres años. Tan feliz
que poco le importo que ya no sintiera nada por él.
- - Tenes razón. Terminemos.
Se hizo un silencio en el bar. Era de ese tipo de
silencios que caracterizaba un antes y un después. El antes siendo noches
interminables con maratones de Friends, llenas de pochoclos, risas y algún que
otro besito. Pero también dormir en lados separados de la cama, dándose la
espalda. Tenía que enfocarse en la cama si pretendía sobrevivir el momento.
Cuando el silencio terminara, él se habría ido y empezaría el después.
- - Chau Lo.
Lo. No era el apodo de
Lorena, de hecho odiaba que la confundieron con una Lorena. En su mente, Lorena
siempre era alguien más linda, más musical que ella. Lorena era la que se
sacaba 10 cuando Lo se sacaba un 9, la que salía con el universitario cuando
ella salía con el de 5to. Siempre era un paso más, un "podrías haber
estudiado una hora más o usar una falda más corta". No, Lo era de Lola.
Había sido difícil encontrar un apodo para un nombre tan chico. Era ese o Lolita,y
Lolita le parecía demasiado incorrecto para alguien que no tenía un padrastro
obsesivo. Había algo mágico, pensaba, en el apodo “Lo”. Siempre había sido muy
importante la magia para ella. Era más de una vez las que se encontró soñando
despierta con otro mundo. Siempre llevaba un libro bajo su manga, para instigar
esa magia que no parecía tan evidente en el mundo en que vivía.
Cuando era chica, su
abuela era la que le contaba esas historias tan locas que hasta parecían reales
en la naturaleza de Lo. Recordaba vagos vestigios de la desaprobación de sus
padres. Ellos siempre fueron las lorenas del mundo, de mente racional y con
poco tiempo para las estupideces. Todo lo que no entraba en su cabeza, era
descartado.
La abuela de Lo la había
instigado a siempre seguir sus sueños. Él siempre es muy importante, porque sus
sueños eran tan inconstantes que si el siempre de su abuela no los cuidaban se
iban volando a un mundo donde los sueños pasaban de noche y los que soñaban de
día tenía que ser corregidos, o nunca llegarían a ser adultos. Pero eso no
existía entre Lo y su abuela y la relación tenía un tótem que gritaba a un
mundo de sordos lo loca que estaba. Ninguna de las dos había dicho algo que lo
confirmará, pero ese tótem era el sombrero de lana rojo que la mujer le había
tejido a su nieta cuando entraba en la secundaria. "No lo pierdas nena,
mira que es importante" le había dicho la mujer mientras le guiñaba el
ojo. Lo creyó que sabía a lo que se refería, cuando la verdad era que
simplemente no estaba todavía tan loca como para comprenderlo.
Como la nieta obediente que aspiraba a ser, Lo jamas se
sacaba ese sombrero. Tanto cariño le había dado, que la llamo Ruby. Lo, era de
aquellas que pensaban que los objetos tenían vida propia cuando los nombrabas,
y Ruby le parecía adecuado. No necesitaba estar llena de gente para sentirse
querida, de eso ya se encargaba su sombrero. Pero un día, Ruby desapareció.
Lo, corría el colectivo cuando salió volando tan
sutilmente que ni se dio cuenta. El primer sombrero no estaba. Cuando volvió a
la casa, con los ánimos por el piso y su pelo aplastado, encontró otro sombrero
en su armario que la abuela había tejido a alguien que nunca lo uso. Las fibras
nunca se afirmaron a su pelo, sabía que no iba a volver a ser lo mismo.
Pasaron los días desde que Lo y Javier habían terminado.
No lloraba porque cada vez que tenía el impulso empezaba a enlistar las 645
maneras de usar jengibre. Pero la depresión le pegaba de otras maneras. Estaban
en los detalles: un bocado que no probó, una hora que durmió de más.
El día en que finalmente salió estaba lloviendo y Lo, no
llevaba el calzado apropiado para la ocasión. Parecía que el mundo le estaba
diciendo que ya era tarde, que no iba a llegar. Cuando estaba por cerrar la puerta del cuarto
para ir al hospital, se giró como si sintiese que le faltará algo. Sus ojos se
diriguieron a la cama deshecha donde había estado a punto de dejar su sombrero
de lana
-
Vamos Red, que llegamos tarde
El sombrero parecía dispuesto hace poco más de media
hora. Lo, evitó la mirada acusatoria al tirarlo con ganas al centro de su
cabeza, pero reforzó su cariño al tomarse unos segundos acomodando hasta llegar
a la posición que quería. En unos 15 minutos, ella y su sombrero empapado llegaron
al hospital.
La habitación que buscaba era la 115; ya hacía varios
meses que se lo sabía de memoria. Hasta podría jurar que las enfermeras ya
sabían su nombre. Pero que ya se lo supieran no era exactamente algo lindo de
recordar.
No había nadie fuera de la habitación. A esa hora, sus
padres estaban trabajando así que solo ella podía visitar a su abuela. Los
adultos pensaban que no importaba, porque los viejos eran viejos y lo sabían.
Sabían lo cerca que tenía el fin de todo.
- - Al fin llegaste nena. ¿Me trajiste algo rico
de casa? Acá me sirven porquería para viejos.
Se la notaba cansada. Parecía que Lo, había interrumpido
su hora de siesta. Sacó un taper que guardaba un flan casero y dos cucharas de
la mochila. La abuela le hizo espacio en la cama con sus ojos desesperados por
el postre. Lo, quiso encender la tele pero la abuela le quitó el control de las
manos mientras probaba su flan.
- - Necesito que hagas algo por mí. No puedo
salir de acá y la verdad no creo que salga hasta que realmente no me quede
otra. Así que necesito que me des bola. Tenes que encontrarlo Lo.
- - ¿A quién?
- - Tu abuelo. El de verdad y mentira. Necesita
tu ay…
La abuela cortó la frase a mitad de oración. Su cuerpo
entró en shock; la maquina empezó a vibrar y el taper se fue al piso. Mucha
gente entró. Había una enfermera que empujaba a Lo, para que se fuera. No le
caía muy bien.