viernes, 26 de agosto de 2016

Capitulo 1. El cannon

Se obsesionó en los detalles para no llorar. Se abstrajo de la situación de modo en que se convirtiera en eso que observaba casi con obsesión. Y ahí; miró. ¿Qué pensaría entonces la única lámpara hawaiana que había en ese bar sobre su ruptura? Tal vez pondría toda su intensidad en iluminarla, para tirarle un poco de “Hey, hay esperanza. Sos linda, joven, inteligente, ya vas a atrapar a alguno que se quiera quedar”.  La lamparita falló.

-          - La puta madre.

-          Estamos dando muchas vueltas, y la verdad es que las cosas no están bien…
Respiró con profundidad. Sabía que tenía razón, que las cosas no habían sido fáciles los últimos meses. Cuando empezaron a salir, ella hizo una investigación sobre la cantidad de meses que sobrevive una relación en la adolescencia. Estaba feliz porque habían cumplido los tres años. Tan feliz que poco le importo que ya no sintiera nada por él.

-          - Tenes razón. Terminemos.

Se hizo un silencio en el bar. Era de ese tipo de silencios que caracterizaba un antes y un después. El antes siendo noches interminables con maratones de Friends, llenas de pochoclos, risas y algún que otro besito. Pero también dormir en lados separados de la cama, dándose la espalda. Tenía que enfocarse en la cama si pretendía sobrevivir el momento. Cuando el silencio terminara, él se habría ido y empezaría el después.

-         -  Chau Lo.

Lo. No era el apodo de Lorena, de hecho odiaba que la confundieron con una Lorena. En su mente, Lorena siempre era alguien más linda, más musical que ella. Lorena era la que se sacaba 10 cuando Lo se sacaba un 9, la que salía con el universitario cuando ella salía con el de 5to. Siempre era un paso más, un "podrías haber estudiado una hora más o usar una falda más corta". No, Lo era de Lola. Había sido difícil encontrar un apodo para un nombre tan chico. Era ese o Lolita,y Lolita le parecía demasiado incorrecto para alguien que no tenía un padrastro obsesivo. Había algo mágico, pensaba, en el apodo “Lo”. Siempre había sido muy importante la magia para ella. Era más de una vez las que se encontró soñando despierta con otro mundo. Siempre llevaba un libro bajo su manga, para instigar esa magia que no parecía tan evidente en el mundo en que vivía.
Cuando era chica, su abuela era la que le contaba esas historias tan locas que hasta parecían reales en la naturaleza de Lo. Recordaba vagos vestigios de la desaprobación de sus padres. Ellos siempre fueron las lorenas del mundo, de mente racional y con poco tiempo para las estupideces. Todo lo que no entraba en su cabeza, era descartado.
La abuela de Lo la había instigado a siempre seguir sus sueños. Él siempre es muy importante, porque sus sueños eran tan inconstantes que si el siempre de su abuela no los cuidaban se iban volando a un mundo donde los sueños pasaban de noche y los que soñaban de día tenía que ser corregidos, o nunca llegarían a ser adultos. Pero eso no existía entre Lo y su abuela y la relación tenía un tótem que gritaba a un mundo de sordos lo loca que estaba. Ninguna de las dos había dicho algo que lo confirmará, pero ese tótem era el sombrero de lana rojo que la mujer le había tejido a su nieta cuando entraba en la secundaria. "No lo pierdas nena, mira que es importante" le había dicho la mujer mientras le guiñaba el ojo. Lo creyó que sabía a lo que se refería, cuando la verdad era que simplemente no estaba todavía tan loca como para comprenderlo.
Como la nieta obediente que aspiraba a ser, Lo jamas se sacaba ese sombrero. Tanto cariño le había dado, que la llamo Ruby. Lo, era de aquellas que pensaban que los objetos tenían vida propia cuando los nombrabas, y Ruby le parecía adecuado. No necesitaba estar llena de gente para sentirse querida, de eso ya se encargaba su sombrero. Pero un día, Ruby desapareció.
Lo, corría el colectivo cuando salió volando tan sutilmente que ni se dio cuenta. El primer sombrero no estaba. Cuando volvió a la casa, con los ánimos por el piso y su pelo aplastado, encontró otro sombrero en su armario que la abuela había tejido a alguien que nunca lo uso. Las fibras nunca se afirmaron a su pelo, sabía que no iba a volver a ser lo mismo.
Pasaron los días desde que Lo y Javier habían terminado. No lloraba porque cada vez que tenía el impulso empezaba a enlistar las 645 maneras de usar jengibre. Pero la depresión le pegaba de otras maneras. Estaban en los detalles: un bocado que no probó, una hora que durmió de más.
El día en que finalmente salió estaba lloviendo y Lo, no llevaba el calzado apropiado para la ocasión. Parecía que el mundo le estaba diciendo que ya era tarde, que no iba a llegar.  Cuando estaba por cerrar la puerta del cuarto para ir al hospital, se giró como si sintiese que le faltará algo. Sus ojos se diriguieron a la cama deshecha donde había estado a punto de dejar su sombrero de lana
-          Vamos Red, que llegamos tarde
El sombrero parecía dispuesto hace poco más de media hora. Lo, evitó la mirada acusatoria al tirarlo con ganas al centro de su cabeza, pero reforzó su cariño al tomarse unos segundos acomodando hasta llegar a la posición que quería. En unos 15 minutos, ella y su sombrero empapado llegaron al hospital.
La habitación que buscaba era la 115; ya hacía varios meses que se lo sabía de memoria. Hasta podría jurar que las enfermeras ya sabían su nombre. Pero que ya se lo supieran no era exactamente algo lindo de recordar.
No había nadie fuera de la habitación. A esa hora, sus padres estaban trabajando así que solo ella podía visitar a su abuela. Los adultos pensaban que no importaba, porque los viejos eran viejos y lo sabían. Sabían lo cerca que tenía el fin de todo.

-         -  Al fin llegaste nena. ¿Me trajiste algo rico de casa? Acá me sirven porquería para viejos.

Se la notaba cansada. Parecía que Lo, había interrumpido su hora de siesta. Sacó un taper que guardaba un flan casero y dos cucharas de la mochila. La abuela le hizo espacio en la cama con sus ojos desesperados por el postre. Lo, quiso encender la tele pero la abuela le quitó el control de las manos mientras probaba su flan.

-         -  Necesito que hagas algo por mí. No puedo salir de acá y la verdad no creo que salga hasta que realmente no me quede otra. Así que necesito que me des bola. Tenes que encontrarlo Lo.

-       -  ¿A quién?

-         - Tu abuelo. El de verdad y mentira. Necesita tu ay…


La abuela cortó la frase a mitad de oración. Su cuerpo entró en shock; la maquina empezó a vibrar y el taper se fue al piso. Mucha gente entró. Había una enfermera que empujaba a Lo, para que se fuera. No le caía muy bien. 

Prefacio: La autora

Iba a ser la historia de alguien que solía escribir. Una historia de amor entre dos adolescentes; no ambicione demasiado, no quería. Todo iba a empezar con el final de la pareja, pero terminaba cuando se volvían a encontrar. Lo tenía todo planeado. Los escritores nos obsesionamos en los detalles. Iba a ser perfecto. Pero no, Lo no quería eso. Ella quiere ser más. Desafía mis decisiones, rompe las reglas, se enamora de otro cannon. Ella crea su cannon. Así que la historia de amor terminó en el tacho de basura, momento en que mi personaje se rebeló.